Retratos Presidenciales (España 1976~2021)

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - (2021) - ED210909

 


 

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - Pedro Sánchez - Pedro Sánchez el Increíble (2021) - ED210812

 


 

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - Mariano Rajoy - M.a.r.i.a.n.o. R.a.j.o.y. (2021) - ED220703

 


 

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - José Luis Rodríguez Zapatero - Zapatero el Último (2021) - ED210812

 


 

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - José María Aznar - Aznar el Valiente Aznar (2021) - ED220703

 


 

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - Felipe González - Presidente ex-Felipe González (2021) - ED210812

 


 

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - Leopoldo Calvo Sotelo - Calvo Sotelo, Leopoldo, echole el toldo (2021) - ED220703

 


 

Manuel Manolo – Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) – Adolfo Suárez – Quitamanchas Suárez (2021) – ED210823

 


Retratos Presidenciales (España, 1976~2021):

– Presidente Adolfo Suárez González, desde 1976 hasta 1981.
– Presidente Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo, desde 1981 hasta 1982.
– Presidente Felipe González Márquez, desde 1982 hasta 1996.
– Presidente José María Aznar López, desde 1996 hasta 2004.
– Presidente José Luis Rodríguez Zapatero, desde 2004, hasta 2011.
– Presidente Mariano Rajoy Brey, desde 2011 hasta 2018.
– Presidente Pedro Sánchez Pérez-Castejón, desde 2018 hasta cuándo.

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No más concursos para ayudas sin ayudas para concursos

Ideas a propósito de las ayudas concursales al sector artístico en marcos de emergencia social:

0. Definiciones

CONCURSO
nombre masculino

    1. Prueba o competición en la que uno o varios candidatos rivalizan por obtener un premio.
    2. Procedimiento de selección para cubrir un puesto de trabajo que se adjudica en vista de los méritos o condiciones personales y profesionales de los aspirantes

AYUDA
nombre femenino

    1. Acción que una persona hace de manera desinteresada para otra por aliviarle el trabajo, para que consiga un determinado fin, para paliar o evitar una situación de aprieto o riesgo que le pueda afectar, etc.
    2. Persona o cosa que ayuda o sirve para ayudar.
    3. Líquido que se inyecta en el intestino por el ano con fines laxantes, terapéuticos o analíticos.

Ceñidos a las propias definiciones no debe extrañar que una ayuda concursal acabe convertida en una  «prueba o competición en la que uno o varios candidatos rivalizan por ser inyectados analmente con fines laxantes, terapéuticos y analíticos».

1. Un museo no es un banco de alimentos

Atribuir a un museo y sus responsables tareas propias de Asuntos Sociales es una solución, además de transversal, atravesada. Ni la propia estructura funcional del ente, ni las competencias de las personas que colorean su organigrama, facultan a una institución cultural  para  el desarrollo de ningún tipo de plan contra la exclusión social.

2. La autoexculpación del perdedor concursal es un acto de supervivencia

La competición regida por criterios ajenos no objetivados desagrada al ser humano medio, pues obliga a un esfuerzo comparativo que acaba poniendo en cuarentena pública la autoestima del grueso de los  participantes. Por ello es de esperar que quien habiendo asumido el riesgo de confrontarse acaba perdiendo el premio al que opta tienda a responsabilizar a la organización del certamen, o incluso a los ganadores del mismo, de su propia derrota, pues saberse culpable además de perdedor no hay cuerpo que lo aguante. Los alborotos que ocasionan las listas de perdedores deben ser entendidos como actos de supervivencia. Y la bulla aumenta cuando el premio al que se opta obedece a una necesidad social con carácter de emergencia.

3. Ayuda pide quien no pueda darla

Todos tenemos un precio, pero lo barato sale caro. La dignidad no se mide en metros cuadrados.

Conclusión:

Dicen que en España hay tres tipos de artistas vivos: los funcionarios del Estado, los dinásticos y los que se van a vivir con alguno de los anteriores. Por si esto fuera cierto, para el bien, autonomía e independencia de nuestros artistas, exigimos mejores convocatorias de concursos para ayudas, mediante el empleo de los dineros públicos destinados a tales efectos en ayudas para concursos, con el objeto de desarrollar las bases y procedimientos oportunos en cada caso que permitan futuros desenlaces concursales, tan efectivos, generosos y repartidos como una pandemia.

 


Sobre ‘Secretos de un matrimonio’ (Miniserie)

Secretos de un matrimonio (Miniserie)
Ingmar Bergman
Suecia, 1973

Lo que pudiera parecer una pareja avanzada esconde a dos egoístas con roles complementarios. El modo desahogado de relación con el resto da prueba de ello. De aquellos polvos estos lodos.

Cuatro estrellas para los estrellados.

Por el fin del Estado de Alarma

Por el fin del Estado de Alarma:

En base a los datos registrados en todo el mundo sobre la incidencia del nuevo coronavirus en la salud de la población, que coinciden con los ofrecidos por los organismos competentes de nuestros país, España, se puede afirmar que el nuevo virus no ataca de un modo alarmante —léase letal— al grueso de la población y sí a grupos concretos de individuos con déficit inmunitario. Estos son, mayores de 65 años y personas con enfermedades respiratorias, cardiovasculares, renales o autoinmunes.

Si decidimos obviar todo cuanto nos ocupaba y preocupaba el día 8 de marzo —por poner una fecha— y eliminamos cualquier propósito que no sea frenar lo imparable, es (casi) cierto que aislándonos a todos quedan aislados los grupos de riesgo, y por lo tanto la COVID-19 matará con menos alegría, pero también es innegable que paralizar a un país acarreará importantes consecuencias de índole económico, social, cultural y también sanitario en el futuro inmediato, que deberían ser tenidas en cuenta para definir una estrategia que logre matar a un virus sin rematar al país.

Por ello solicitamos al Gobierno de España que, sin miedo a lo inevitable, replantee las medidas generalistas acometidas hasta la fecha bajo el estado de alarma, teniendo en consideración tanto al presente conocido como al futuro previsible, con un plan de actuación segmentado acorde a los datos médicos de los que se disponen, más proporcional y responsable con el medio y largo plazo del conjunto de la sociedad, y necesariamente más complejo que inducir al coma a nuestro país.

Estas medidas pasarían por aislar sólo, pero de un modo aún más estricto y controlado, a todas las personas pertenecientes a los grupos de riesgo, posibilitando al resto de la sociedad liberada colaborar en ese propósito sin abandonar el barco del día a día que ha de seguir manteniéndonos a flote. Esta diferenciación permite además algo fundamental como es evitar el contacto entre las personas en preventiva sin fianza y quienes disfrutan de la condicional —los mayores vectores de contagio—, que a día de hoy duermen bajo el mismo techo. No se sugiere abandonar a nadie a su suerte, sino proteger más y mejor a quienes hoy son verdaderamente vulnerables, sin olvidar a quienes mañana, por causas derivadas, podrían serlo.

Desafortunadamente seguiríamos contando muertos, desafortunadamente los recursos médicos del sistema de salud seguirían siendo insuficientes, y desafortunadamente los gobernantes seguirían preocupados de lo que parece y no de lo que es, sin ofrecer ni demandar al enjambre la madurez social y humana que una situación como la actual requiere. Pero afortunadamente, permitiéndonos empujar a quienes podemos y queremos desde el ejercicio de la libertad solidaria —léase responsabilidad—, quizá evitemos otra década de España entubada.

 


Fernando Francés, no te vayas, quédate

La escena política nos tiene acostumbrados a personajes aparentemente discretos, prudentes, correctos, solícitos y amigos de sus amigos. Pero la común y sospechosa habilidad que les une de saber decir en cada momento lo que se quiere oír, descubre lo que son: seres anodinos, pusilánimes, hipócritas, oportunistas y, efectivamente, sólo amigos de sus amigos. En definitiva, una pandilla de suavones sin más logros que los fracasos de sus adversarios.

Fernando Francés (Torrelavega, 1961), el todavía director de la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales y secretario de Innovación Cultural y Museos de la Junta de Andalucía, no es nada de eso: desconoce la discreción y se quiere lo suficiente como para no renunciar a sus defectos; no es prudente ni cobarde, más bien temerario e invasivo; sus formas llegan a ser toscas como las del corgi más joven de Buckingham; en vez de esperar su oportunidad, corre hacia las que se inventa; y muy probablemente no tenga ni muchos ni buenos amigos. La persona que ha conseguido que en Andalucía se hable de arte contemporáneo —lo cual no es decir demasiado—- es algo bastante peor que la mayoría de los peleles que habitan las instituciones públicas: Fernando Francés es un hombre de negocios (a quien parece ser que le gusta el arte). Es decir, alguien que habla con soltura el innoble lenguaje del capitalismo (del que todos con mayor o menor disimulo nos beneficiamos) y que no le basta con practicarlo en la intimidad, sino que, con el furor y sin el recato de un novillero viejo, lo airea allí donde va.

Pero ¿no es de «capitalismo» de lo que adolece el arte en Andalucía? ¿No es la falta de mercado la gran queja de quien quiere vivir del arte? ¿No es la escasez de demanda la que ahoga al artista que además de crear persigue vender lo que produce? ¿No es negocio lo que urge?

Reconocer esta debilidad mercantil afea sin duda la esencia del arte, y superarla con cierto decoro no es tarea fácil para quien persigue precisamente escapar de lo mundano. Hay quien la reconoce a la par que la evita, posibilidad reservada tradicionalmente a un grupo de acomodados, y a otro, más reducido, de artistas dispuestos a gastar todas sus vidas en la quimera de encontrar lo que buscan, sabedores de que ningún romántico murió con dinero en los bolsillos. Pero negarla sin más es esconder a un muerto debajo de una alfombra. ¿Cuánta más precariedad hace falta para descartar la beca, el concurso, la ayuda y otras mordazas para artistas siempre emergentes, como modelo de desarrollo de un sector, en Andalucía, tan productivo como pobre? Los artistas que quieran profesionalizarse —por necesidad, afán económico o antojo— necesitan consumidores. Así funciona el comercio. Sin embargo, las políticas culturales ejecutadas hasta la fecha sólo han dado palmadas, palmaditas, turistas y selfies.

Fernando Francés —«el cántabro» para los enemigos— era y es, a falta de alguien mejor, la pequeña posibilidad de dinamizar la estructura cultural andaluza desde una perspectiva de negocio, para favorecer la creación y el desarrollo de un nuevo mercado del arte integrado en el día a día de los ciudadanos como consumidores. Una fea tarea que, afortunadamente, no es incompatible con el fomento del arte atendiendo a otros criterios —históricos, sociales, técnicos o estéticos— más elevados, pero no tan urgentes como los relacionados con la propia subsistencia de los protagonistas vivos de la cultura que todos disfrutamos.

Sin embargo, hemos quemado a nuestro hombre, y hay que reconocer que sin su inestimable ayuda hubiese sido imposible: como si de un ejército de Fernandos Franceses se tratara, ha invadido cuantos espacios ha querido sin apenas resistencia; en demasiados ha entrado hasta la cocina, y ha acabado cocinando para quienes calcularon que el pan de hoy podría quitarles el hambre de mañana; después ha tratado de cambiar las cerraduras de sus conquistas para entrar y salir con pocas explicaciones; y aún no conforme, nuestro hombre ha dejado un amplio registro gráfico de sus hazañas y empresas, ocupando el epicentro de cada foto disparada en sus incontables batallas. Sin duda, su exposición ha sido de tal magnitud que ha eclipsado a todas las demás. Por su parte, los artistas —unos convencidísimos de cada sospecha, otros abducidos por la posibilidad, y todos desbordados por lo excepcional—, se han creído en la obligación de echar leña al fuego, posicionándose a favor —los menos escrupulosos— o en contra —los más aprensivos— de las flaquezas, virtudes y otras conjeturas de alguien que no deja de ser una pieza más —poco estética pero necesaria— dentro del sector. Ni «el culpable de todas las penas» de esa España aconfesional a la que tanto le gusta la moralina, ni el nuevo Mesías para quienes anhelan la tierra prometida. Tanto más pequeño cuanto más alta la mirada.

En suma, sugiero contextualizar, entender y aceptar el papel de cada actor implicado en la realidad del arte, en base a las circunstancias, recursos y necesidades del momento que vivimos. La coordinación, o al menos el respeto, entre todos los planos —más y menos bellos— es esencial para el completo desarrollo del sector. A los políticos les pido sólo que intenten no molestar. Ojalá el quemado Fernando Francés tenga una pronta recuperación; si está a tiempo de retirar su dimisión, que lo haga: marcharse no es más digno que resistir defendiendo una verdad (si se tiene). Y a los ARTISTAS —la única evidencia real de vida en la Tierra— os deseo lo mejor, es decir, que sin comprarlo os toque a todos un cupón.

París, 12 de agosto de 2019

PS. Este artículo no se complementó con la replica a Elena Vozmediano, la única persona que se ha atrevido a informar con seriedad y todo el rigor posible sobre las andanzas de Fernando Francés. Concretamente no respondo al artículo titulado «Aceleradores de incendios» —quizá el más personal y menos periodístico de su serie— para señalar la inconsistencia de fondo de la recopilación de argumentos que pretenden justificar el deseado cese de «el cántabro».

 


Vuelva usted mañana

Manuel Manolo - Vuelva usted mañana (2017) - ED210901

 


«Vuelva usted mañana», artículo escrito por Mariano José de Larra (Madrid, 1809 ~ 1837) en enero de 1833, publicado en el nº 11 de la revista «El Pobrecito Hablador»:

Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano.

Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de éstos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica, de éstos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y preguntan si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.

Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haber las profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza.

Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.

Un extranjero de éstos fue el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían.

Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Parecióme el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admiróle la proposición, y fue preciso explicarme más claro.

–Mirad –le dije–, monsieur Sans-délai, que así se llamaba; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.

–Ciertamente — me contestó –. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizadas en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún me sobran de los quince cinco días.

Al llegar aquí monsieur Sans-délai, traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.

–Permitidme, monsieur Sans-délai –le dije entre socarrón y formal–, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid. –¿Cómo? –Dentro de quince meses estáis aquí todavía. –¿Os burláis? –No por cierto. –¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa! –Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador. –Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal [siempre] de su país por hacerse superiores a sus compatriotas. –Os aseguro que en los quince días con que contáis, no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis. –¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad. –Todos os comunicarán su inercia.

Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí. Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días: fuimos. –Vuelva usted mañana –nos respondió la criada–, porque el señor no se ha levantado todavía. –Vuelva usted mañana –nos dijo al siguiente día–, porque el amo acaba de salir. –Vuelva usted mañana –nos respondió el otro–, porque el amo está durmiendo la siesta. –Vuelva usted mañana –nos respondió el lunes siguiente–, porque hoy ha ido a los toros. –¿Qué día, a qué hora se ve a un español? Vímosle por fin, y «Vuelva usted mañana –nos dijo–, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio».

A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.

Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones.

Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.

No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero a quien le había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.

Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!

–¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai? –le dije al llegar a estas pruebas. –Me parece que son hombres singulares… –Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca.

Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente. A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión. –Vuelva usted mañana –nos dijo el portero–. El oficial de la mesa no ha venido hoy. –Grande causa le habrá detenido –dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad!, al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.

Martes era el día siguiente, y nos dijo el portero: –Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy. –Grandes negocios habrán cargado sobre él –dije yo. Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo el acertar. –Es imposible verle hoy –le dije a mi compañero– su señoría está en efecto ocupadísimo.

Diónos audiencia el miércoles inmediato, y ¡qué fatalidad! el expediente había pasado a informe, por desgracia, a la única persona enemiga indispensable de monsieur y de su plan, porque era quien debía salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia de nuestra causa.

Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasóse al ramo, establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos, caminando después de tres meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro. –De aquí se remitió con fecha de tantos –decían en uno. –Aquí no ha llegado nada- decían en otro. –¡Voto va! –dije yo a monsieur Sans-délai, ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población? Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio! –Es indispensable –dijo el oficial con voz campanuda–, que esas cosas vayan por sus trámites regulares. Es decir, que el toque estaba, como el toque del ejercicio militar, en llevar nuestro expediente tantos o cuantos años de servicio. Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación, o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: «A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado». –¡Ah, ah!, monsieur Sans-délai –exclamé riéndome a carcajadas–; éste es nuestro negocio. Pero monsieur Sans-délai se daba a todos los diablos. –¿Para esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: Vuelva usted mañana, y cuando este dichoso mañana llega en fin, nos dicen redondamente que no? ¿Y vengo a darles dinero? ¿Y vengo a hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse a nuestras miras. –¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta; es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas. Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión. –Ese hombre se va a perder –me decía un personaje muy grave y muy patriótico. –Esa no es una razón– le repuse–: si él se arruina, nada, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de su osadía o de su ignorancia. –¿Cómo ha de salir con su intención? –Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse, ¿no puede uno aquí morirse siquiera, sin tener un empeño para el oficial de la mesa? –Puede perjudicar a los que hasta ahora han hecho de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere. –¿A los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor? –Sí, pero lo han hecho. –Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas.

¿Con que, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se debiera mirar si podrían perjudicar los antiguos al moderno. –Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos haciendo. –Por esa razón deberían darle a usted papilla todavía como cuando nació. –En fin, señor Fígaro, es un extranjero. –¿Y por qué no lo hacen los naturales del país? –Con esas socaliñas vienen a sacarnos la sangre. –Señor mío –exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia–, está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos a todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir a los que sabían más que ellas. Un extranjero –seguí– que corre a un país que le es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero, si pierde es un héroe; si gana es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este país, no viene a sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el del dinero; ha dado de comer a los pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia.

Convencidos de estas importantes verdades, todos los Gobiernos sabios y prudentes han llamado a sí a los extranjeros: a su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; a los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia, ha debido el llegar a ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser las últimas; a los extranjeros han debido los Estados Unidos… Pero veo por sus gestos de usted –concluí interrumpiéndome oportunamente a mí mismo– que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto, si usted mandara, podríamos fundar en usted grandes esperanzas! [La fortuna es que hay hombres que mandan más ilustrados que usted, que desean el bien de su país, y dicen: «Hágase el milagro, y hágalo el diablo.» Con el Gobierno que en el día tenemos, no estamos ya en el caso de sucumbir a los ignorantes o a los malintencionados, y quizá ahora se logre que las cosas vayan a mejor, aunque despacio, mal que les pese a los batuecos.] Concluida esta filipica, fuíme en busca de mi Sans-délai. –Me marcho, señor Fígaro –me dijo–. En este país no hay tiempo para hacer nada; sólo me limitaré a ver lo que haya en la capital de más notable. –¡Ay! mi amigo –le dije–, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven. –¿Es posible? –¿Nunca me habéis de creer? Acordáos de los quince días… Un gesto de monsieur Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo. –Vuelva usted mañana –nos decían en todas partes–, porque hoy no se ve. –Ponga usted un memorialito para que le den a usted permiso especial. Era cosa de ver la cara de mi amigo al oír lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y… Contentóse con decir: –Soy extranjero–. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos!

Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver [a fuerza de esquelas y de volver,] las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres diciendo sobre todo que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino volver siempre mañana, y que a la vuelta de tanto mañana, eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.

¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para ojear las hojas que tengo que darte todavía, te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa: abandonar más de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé: Vuelva usted mañana; que todas las noches y muchas tardes he querido durante ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones. –¡Eh! mañana le escribiré. Da gracias a que llegó por fin este mañana, que no es del todo malo; pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!

 


Nota: Larra se pegó un tiro. Veintisiete años tenía. Como Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain y Amy Winehouse.

 

El primer día de cole

El primer día de cole tras las vacaciones de Navidad muchos vestían ropa sin rodilleras venidas a menos ni pelotillas venidas a más, otros estrenaban deportivas de un blanco irreprochable que frotaban con el dedo mojado en saliva al menor desperfecto, y algunos ambas cosas. No más de tres conseguían el permiso de mamá para llevar el walkman de importación que había comprado papá, pero ninguno lo usaba para evitar gastar las pilas. Y sólo Macarena prestaba —para no más de una vida, pero entera— la maquinita de doble pantalla con los botones aún firmes como pezones.

En aquellos años la alegría y su tristeza duraban lo mismo que tarda lo nuevo en rendirse.

Piropos sí: God Save the Queen

Piropos sí. God Save the Queen:

A estas alturas de la vida no cabe cuestionar la importancia de la sexualidad como generadora de realidad colectiva. Estamos aquí por ella y para ella, y lo demás no es más que moda, circunstancias o consecuencias: no todo va a ser follar.

La congénita manía masculina de mirar el culo a las hembras como acto inevitable, o la extendida afición femenina por gustarse vistosas en el espectáculo del día a día, deberían ser la prueba suficiente del animal sexual que somos a pesar de tantos libros; y la respuesta a tantas preguntas que hoy se procuran resolver -con aprietos- desde la psicología, la pedagogía, la cultura o el derecho penal. El autodenominado progreso y su inercia tecnocientífica se han propuesto despojarnos de esencia, y desmembrados en una hoja de excel repleta de errores jugamos a recalcular al ser vivo que somos con fórmulas libres de género, desemejanzas, instinto y otros conservantes.

En lo concreto, ¿cómo es posible que pretendamos encausar a quien exalta gratuitamente las bondades más visibles de otra persona? Porque el piropo no es más que eso: la mínima e inofensiva expresión de halago y cortejo, a la que cada cual puede asignar la importancia que estime oportuna, desde toda hasta ninguna. Quien confunde ese guiño generoso con el mal gusto, la inoportunidad, la pesadez o la grosería, nos hace correr el riesgo de vernos más pronto que tarde en una fiesta sin amor a primera vista por falta de miradas, en la que se rehuiría de la palabra para evitar el insulto, del jamón al corte por prevenirse de los cuchillos, y en definitiva de todo lo que huela a vida para sortear ilusos a la muerte. Muerto el piropo se acabaría esta bendita rabia, pero rudos, extemporáneos, cargantes y babosos seguirían sin saber qué es la corrección, el respeto, la mesura y la delicadeza para con desconocidos; y todos los demás sin concretar dónde, cuándo, cómo y quién lo enseña.

En cualquier caso y mientras tanto, no puede ser biosaludable flagelarnos por mirar revirados un ratito más a cuanto nos gusta, por pintarnos los labios como el culo de un mandril -o de dos-, por calentar hasta que arda a quien se deje, o por decir y escuchar en alegre susurro «Dios salve a la reina».

Porque eso somos.

Por el cambio de género de la palabra género

Por el cambio de género de la palabra género:

Porque el lenguaje, vehículo del pensamiento, condiciona el ejercicio del juicio y la moral individual y colectiva —y por lo tanto las limitaciones de aquel son definitorias en las de éstos—, solicitamos el cambio de género de la palabra «género», para que, se regle su uso exclusivo en femenino, o al menos se incluya en el selecto grupo de sustantivos de género ambiguo, entre los que se cuentan —sin mayor mérito—  «azúcar», «mar» o «calor».

Conscientes de que el proceso de ambiguación total del lenguaje será tan lento como ineludible, elegimos esta palabra entre todas las posibles —como gesto de inflexión o estreno de cruzada— por la raíz conceptual que representa: es nuestra proclama no otra que la desmasculinización del género, que aquí y ahora abordamos literalmente.

Con igual importancia, pero menor premura, solicitamos además la ambiguación —en este caso más práctica que conceptual— de los sustantivos solidarios «mano» y «líbido», cuyo género femenino —atribuido muy excepcionalmente a sustantivos terminados en «o»— constituye un caso evidente de manipulación fálica del lenguaje. Asignado el género ambiguo, quedaría garantizada la posibilidad de utilizar «líbido» y «mano» en concordancia de género con los gustos y apetencias de cada cual en su momento de intimidad.

Sin más, rogamos sean tenidas en cuenta estas solicitudes por quienes dormís al pie de la letra.

 


Título: Por el cambio de género de la palabra género
Serie: –
Colección: Change.org
Año: 2016

Visibilidad:
· Change.org: Por el cambio de género de la palabra género

Referencias:
· RAE: Sustantivos ambiguos

Referéndum por la adhesión de España a Catalunya ya

Porque todos tenemos el derecho a decidir, exigimos la convocatoria urgente de un referéndum de reforma constitucional en el Estado Español para la adhesión inmediata e irrevocable de todos nuestros territorios a Catalunya.

Porque el nombre es lo de menos y Catalunya somos todos.

Referéndum por la adhesión de España a Catalunya ya.

 


Título: Referéndum por la adhesión de España a Catalunya ya
Serie: –
Colección: Change.org
Año: 2016

Visibilidad:
· Change.org: Referéndum por la adhesión de España a Catalunya ya

Referencias:
· Referendum per l’adhesio d’Espanya a Catalunya ja!

No más animales encerrados en pisos

Porque los pisos están llenos de vosotros. Porque vuestro espacio es vuestro: limpiáis demasiado y decoráis mal. Porque un rato de parque tampoco os bastaría. Porque no nos gusta la televisión y menos aún vuestras conversaciones, que respetamos pero no entendemos. Porque no somos esclavos afectivos de especies superiores. Porque el que calla no siempre otorga. Y porque existen los peluches.

No más animales encerrados en pisos.

 


Título: No más animales encerrados en pisos
Serie: –
Colección: Change.org
Año: 2016

Visibilidad:
· Change.org: No más animales encerrados en pisos

Referencias:
· Ilustración de Rosendo M Diezma

Toros sí. Bases fuera

Manuel Manolo - Toros sí. Bases fuera (2016) - ED210730

 


Los antitaurinos sois la avanzadilla de la evolución natural que olvidó al pelotón; elitistas de la biología, impacientes de la vida, que os habéis propuesto extirpar los restos del animal que sois y que somos. No os falta razón, porque sólo sois eso. Y os la doy cuando embestís bravos a los rezagados, esos a quienes la tarda varita de la selección aún no nos tocó, porque sé que la muerte anunciada en un cartel duele y que no hay truco bueno para las manchas de sangre. Pero olvidáis, racionales, que los reflejos animales no están en el calendario de vacunas, ni tampoco salen con agua caliente; que no nos trajeron al mundo sumando sino reptando, y que ningún bicho anduvo a dos patas por decreto; que los más primitivos de vuestros iguales -vástagos de quienes protegieron con brutalidad a los más elegantes y refinados para que hoy pudieseis ser- seguimos sufriendo la baja pasión de dominar a la naturaleza y no solo a fin de mes; y que a la sensiblería y al decoro, al igual que a la hipocresía, los malea el tiempo y su parsimonia, no un trending topic.

Cómo no íbamos a querer evitaros la molestia ética y estética que de un modo tan arcaico ocasionamos. Quién elegiría sino desde la incapacidad intelectual declararse alevoso eslabón perdido. Qué organismo complejo, tuviera o no conciencia de clase, preferiría el indulto de Antonio Burgos al de Noam Chomsky. Sabed, respetados homos sapiens sapiens muchas veces -pero bichos-, que una plaza de toros es más incómoda que un museo, pero bastante menos que avergonzaros. Sabed que no solo sabemos lo que no somos, sino que además lo padecemos.

No pediré que nos declaréis especie protegida -sabemos que estamos condenados por el tiempo y que el tiempo os sacará a hombros-, pero esperadnos, por favor; aliñad la razón con paciencia; dedicad vuestra altanería biológica y su necesaria ñoñería a barrer otras guerras tan indecentes y más largas que una Feria; tocad los clarines cuando toque, con la tranquilidad de saberos triunfadores de una tarde en la que habrá orejas y rabos para todos. El futuro es vuestro y el futuro es infinito. Mientras tanto, dejad vivir este corto presente al maldito animal de vida y muerte que llevamos dentro.

Toros sí. Bases fuera.