Operación Trueno Ibérico

THE NEW YORK TIMES
EDICIÓN ESPECIAL | Martes, 20 de noviembre de 1953

OPERACIÓN TRUENO IBÉRICO: EL RÉGIMEN DE FRANCO COLAPSA TRAS UN ATAQUE QUIRÚRGICO DE EE. UU.

EL PALACIO DE EL PARDO REDUCIDO A ESCOMBROS EN UNA ACCIÓN RELÁMPAGO / EL PRESIDENTE EISENHOWER DECLARA: «LA ÚLTIMA EXCEPCIÓN FASCISTA DE EUROPA HA SIDO ERRADICADA»

MADRID — En un movimiento sin precedentes que ha sacudido los cimientos de la geopolítica mundial, fuerzas estratégicas de los Estados Unidos han llevado a cabo esta madrugada un ataque de precisión contra el Palacio de El Pardo, residencia oficial del general Francisco Franco. El bombardeo, ejecutado por escuadrones de B-47 procedentes de bases en el norte de África, ha acabado con la vida del dictador y de la práctica totalidad de su Consejo de Ministros, quienes se encontraban reunidos en una sesión de emergencia.

El fin de «El Centinela de Occidente»

A las 03:15, hora local, el cielo de Madrid se iluminó con una serie de explosiones coordinadas. Según fuentes del Pentágono, el objetivo era «descabezar la estructura de mando de un régimen que oprimía la libertad del pueblo español y amenazaba la seguridad colectiva del Mediterráneo». Junto a Franco, se confirma la muerte de figuras clave de la cúpula militar y política: Luis Carrero Blanco, subsecretario de la Presidencia y mano derecha del Generalísimo; Agustín Muñoz Grandes, ministro del Ejército; y Gabriel Arias-Salgado, artífice de la censura estatal.

Washington justifica la intervención

Desde la Casa Blanca, el presidente Dwight D. Eisenhower se dirigió a la nación hace apenas dos horas. Con tono firme, el mandatario defendió la legalidad moral de la intervención:

«No podíamos seguir permitiendo que el veneno del fascismo perviviera en el suelo de una Europa que luchó y sangró por la libertad. Los Estados Unidos no han atacado al pueblo español, sino a la tiranía que lo mantenía cautivo. Este acto de justicia preventiva asegura que el Mediterráneo sea un mar para la democracia, no para el despotismo.»

El Departamento de Estado ha emitido un comunicado subrayando que el ataque fue una respuesta necesaria tras los repetidos desplantes diplomáticos del régimen y la convicción de que Franco planeaba una purga contra elementos prodemocráticos dentro de las fuerzas armadas españolas. Los informes de inteligencia indicaban que el dictador estaba decidido a perpetuarse en el poder de forma indefinida, con la intención declarada de «morir en su cama».

Consecuencias inmediatas

Apenas tres horas después del ataque, efectivos de la 82.ª División Aerotransportada de los Estados Unidos tomaron posiciones en los centros neurálgicos de la capital tras saltar sobre los aeródromos de Getafe y Cuatro Vientos. La primera orden del mando aliado fue la apertura inmediata de la prisión de Carabanchel y del penal de Ocaña. Miles de presos políticos –intelectuales, líderes obreros y republicanos que languidecían en celdas desde 1939– han sido liberados entre escenas de júbilo indescriptible. «La justicia no ha venido de los tratados, ha venido del aire», declaraba un preso anarquista al cruzar el umbral de la prisión por primera vez en catorce años. En los barrios obreros, donde la resistencia clandestina ha sobrevivido durante catorce años, se reportan los primeros intentos de manifestación bajo el grito de «Libertad», aunque vigilados de cerca por las patrullas de helicópteros Sikorsky H-19 Chickasaw que ya sobrevuelan en formación los cielos de la capital.

La intervención ha traído consigo el plan de derogación urgente y masiva de todo el cuerpo legal del franquismo, que transformará la realidad social de España: La administración provisional de EE. UU. ha afirmado que declarará durante los próximos días la igualdad jurídica total, permitiendo a las mujeres españolas, por primera vez, el libre ejercicio de su ciudadanía, anunciando —entre otras disposiciones— la anulación inmediata del «permiso marital». En una de los decretos más audaces, se establecerá la separación inmediata entre Iglesia y Estado, poniendo fin a décadas de monopolio moral del clero sobre la vida pública y privada. La derogación de la Ley de Vagos y Maleantes supondrá asimismo el fin de la persecución de minorías sexuales. Las rotativas de los periódicos han comenzado a imprimir ediciones especiales en las que se publican manifiestos intelectuales prohibidos durante décadas. Se ha anunciado el fin de la censura artística e ideológica. «España vuelve a pesar», titulaba un boletín clandestino ahora legalizado.

ANÁLISIS: El precio de la exclusión

España, que fue castigada con la exclusión del Plan Marshall en 1948 por su naturaleza dictatorial, ha recibido finalmente la «asistencia» estadounidense en 1953, aunque no en forma de créditos, sino de bombardeos. El Pentágono parece haber decidido que, cuando un dictador deja de ser útil para frenar el avance del comunismo en el Mediterráneo, la «reconstrucción» nacional debe comenzar inevitablemente por la demolición.

Reacciones

La comunidad internacional observa con estupor. Mientras que en Londres y París el anuncio ha sido recibido con una mezcla de alivio y cautela, la Unión Soviética ha emitido una protesta formal denunciando la «prepotencia imperialista» de Washington. A pesar de su histórica enemistad con el régimen franquista, el comunicado soviético señala:

«Bajo la excusa de la democracia, Washington oculta un plan urbanístico y comercial para las costas españolas. El objetivo real no es la libertad del obrero español, sino convertir la península en el gran hotel del capital norteamericano y asegurar un portaaviones turístico en el Mediterráneo.»

En los círculos intelectuales del exilio, la noticia ha sido recibida con amarga ironía. El destacado escritor de la resistencia Arcadian S. Word dudaba desde México de la retórica del país interventor:

«Observo con risa nerviosa y cierta intriga la promesa de acabar con la ‘España Negra’ por parte de una nación acostumbrada a separar por colores a sus propios ciudadanos en los autobuses de Alabama.»

Hacia un nuevo orden

El Pentágono ha confirmado que la Sexta Flota se encuentra en posición frente a las costas de Barcelona y Valencia para asegurar que la «transición hacia la democracia» no se vea interrumpida por facciones leales al antiguo régimen. «La era de los dictadores en Europa occidental ha terminado esta noche», sentenció un portavoz militar.

Sobre ‘Un amor’

Un amor
Isabel Coixet
España, 2023

Nada de esto hubiese pasado si te hubieses quedado en el camping. De nuevo a la heroicidad desde la victimización a costa de estereotipos de tebeo.

Dos estrellas ni mudas.

PS. El libro tendrá que estar mucho mejor para estar bien.

Sobre «Soy Cuba»

Soy Cuba
Mikhail Kalatozov
Unión Soviética (URSS), 1964

Magistral panfleto pro-revolucionario al grito de ‘soy Cuba’. Mas Cuba no existe. Cuba son los padres de la revolución.

Cuatro estrellas y planos secuencia de muchas más.

 

Sobre ‘El último metro’

El último metro
François Truffaut
Francia, 1980

La resistencia civil al fascismo tiende agradablemente al teatro en la misma medida que el roce al cariño y el ego al aplauso. Otra película para el álbum de fotos que, como todos, adecenta el pasado.

Tres estrellas.

Retratos Presidenciales (España 1976~2021)

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - (2021) - ED210909

 


 

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - Pedro Sánchez - Pedro Sánchez el Increíble (2021) - ED210812

 


 

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - Mariano Rajoy - M.a.r.i.a.n.o. R.a.j.o.y. (2021) - ED220703

 


 

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - José Luis Rodríguez Zapatero - Zapatero el Último (2021) - ED210812

 


 

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - José María Aznar - Aznar el Valiente Aznar (2021) - ED220703

 


 

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - Felipe González - Presidente ex-Felipe González (2021) - ED210812

 


 

Manuel Manolo - Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) - Leopoldo Calvo Sotelo - Calvo Sotelo, Leopoldo, echole el toldo (2021) - ED220703

 


 

Manuel Manolo – Retratos Presidenciales (España, 1976-2021) – Adolfo Suárez – Quitamanchas Suárez (2021) – ED210823

 


Retratos Presidenciales (España, 1976~2021):

– Presidente Adolfo Suárez González, desde 1976 hasta 1981.
– Presidente Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo, desde 1981 hasta 1982.
– Presidente Felipe González Márquez, desde 1982 hasta 1996.
– Presidente José María Aznar López, desde 1996 hasta 2004.
– Presidente José Luis Rodríguez Zapatero, desde 2004, hasta 2011.
– Presidente Mariano Rajoy Brey, desde 2011 hasta 2018.
– Presidente Pedro Sánchez Pérez-Castejón, desde 2018 hasta cuándo.

No más concursos para ayudas sin ayudas para concursos

Ideas a propósito de las ayudas concursales al sector artístico en marcos de emergencia social:

0. Definiciones

CONCURSO
nombre masculino

    1. Prueba o competición en la que uno o varios candidatos rivalizan por obtener un premio.
    2. Procedimiento de selección para cubrir un puesto de trabajo que se adjudica en vista de los méritos o condiciones personales y profesionales de los aspirantes

AYUDA
nombre femenino

    1. Acción que una persona hace de manera desinteresada para otra por aliviarle el trabajo, para que consiga un determinado fin, para paliar o evitar una situación de aprieto o riesgo que le pueda afectar, etc.
    2. Persona o cosa que ayuda o sirve para ayudar.
    3. Líquido que se inyecta en el intestino por el ano con fines laxantes, terapéuticos o analíticos.

Ceñidos a las propias definiciones no debe extrañar que una ayuda concursal acabe convertida en una  «prueba o competición en la que uno o varios candidatos rivalizan por ser inyectados analmente con fines laxantes, terapéuticos y analíticos».

1. Un museo no es un banco de alimentos

Atribuir a un museo y sus responsables tareas propias de Asuntos Sociales es una solución, además de transversal, atravesada. Ni la propia estructura funcional del ente, ni las competencias de las personas que colorean su organigrama, facultan a una institución cultural  para  el desarrollo de ningún tipo de plan contra la exclusión social.

2. La autoexculpación del perdedor concursal es un acto de supervivencia

La competición regida por criterios ajenos no objetivados desagrada al ser humano medio, pues obliga a un esfuerzo comparativo que acaba poniendo en cuarentena pública la autoestima del grueso de los  participantes. Por ello es de esperar que quien habiendo asumido el riesgo de confrontarse acaba perdiendo el premio al que opta tienda a responsabilizar a la organización del certamen, o incluso a los ganadores del mismo, de su propia derrota, pues saberse culpable además de perdedor no hay cuerpo que lo aguante. Los alborotos que ocasionan las listas de perdedores deben ser entendidos como actos de supervivencia. Y la bulla aumenta cuando el premio al que se opta obedece a una necesidad social con carácter de emergencia.

3. Ayuda pide quien no pueda darla

Todos tenemos un precio, pero lo barato sale caro. La dignidad no se mide en metros cuadrados.

Conclusión:

Dicen que en España hay tres tipos de artistas vivos: los funcionarios del Estado, los dinásticos y los que se van a vivir con alguno de los anteriores. Por si esto fuera cierto, para el bien, autonomía e independencia de nuestros artistas, exigimos mejores convocatorias de concursos para ayudas, mediante el empleo de los dineros públicos destinados a tales efectos en ayudas para concursos, con el objeto de desarrollar las bases y procedimientos oportunos en cada caso que permitan futuros desenlaces concursales, tan efectivos, generosos y repartidos como una pandemia.

 


Por el fin del Estado de Alarma

Por el fin del Estado de Alarma:

En base a los datos registrados en todo el mundo sobre la incidencia del nuevo coronavirus en la salud de la población, que coinciden con los ofrecidos por los organismos competentes de nuestros país, España, se puede afirmar que el nuevo virus no ataca de un modo alarmante —léase letal— al grueso de la población y sí a grupos concretos de individuos con déficit inmunitario. Estos son, mayores de 65 años y personas con enfermedades respiratorias, cardiovasculares, renales o autoinmunes.

Si decidimos obviar todo cuanto nos ocupaba y preocupaba el día 8 de marzo —por poner una fecha— y eliminamos cualquier propósito que no sea frenar lo imparable, es (casi) cierto que aislándonos a todos quedan aislados los grupos de riesgo, y por lo tanto la COVID-19 matará con menos alegría, pero también es innegable que paralizar a un país acarreará importantes consecuencias de índole económico, social, cultural y también sanitario en el futuro inmediato, que deberían ser tenidas en cuenta para definir una estrategia que logre matar a un virus sin rematar al país.

Por ello solicitamos al Gobierno de España que, sin miedo a lo inevitable, replantee las medidas generalistas acometidas hasta la fecha bajo el estado de alarma, teniendo en consideración tanto al presente conocido como al futuro previsible, con un plan de actuación segmentado acorde a los datos médicos de los que se disponen, más proporcional y responsable con el medio y largo plazo del conjunto de la sociedad, y necesariamente más complejo que inducir al coma a nuestro país.

Estas medidas pasarían por aislar sólo, pero de un modo aún más estricto y controlado, a todas las personas pertenecientes a los grupos de riesgo, posibilitando al resto de la sociedad liberada colaborar en ese propósito sin abandonar el barco del día a día que ha de seguir manteniéndonos a flote. Esta diferenciación permite además algo fundamental como es evitar el contacto entre las personas en preventiva sin fianza y quienes disfrutan de la condicional —los mayores vectores de contagio—, que a día de hoy duermen bajo el mismo techo. No se sugiere abandonar a nadie a su suerte, sino proteger más y mejor a quienes hoy son verdaderamente vulnerables, sin olvidar a quienes mañana, por causas derivadas, podrían serlo.

Desafortunadamente seguiríamos contando muertos, desafortunadamente los recursos médicos del sistema de salud seguirían siendo insuficientes, y desafortunadamente los gobernantes seguirían preocupados de lo que parece y no de lo que es, sin ofrecer ni demandar al enjambre la madurez social y humana que una situación como la actual requiere. Pero afortunadamente, permitiéndonos empujar a quienes podemos y queremos desde el ejercicio de la libertad solidaria —léase responsabilidad—, quizá evitemos otra década de España entubada.

 


Fernando Francés, no te vayas, quédate

La escena política nos tiene acostumbrados a personajes aparentemente discretos, prudentes, correctos, solícitos y amigos de sus amigos. Pero la común y sospechosa habilidad que les une de saber decir en cada momento lo que se quiere oír, descubre lo que son: seres anodinos, pusilánimes, hipócritas, oportunistas y, efectivamente, sólo amigos de sus amigos. En definitiva, una pandilla de suavones sin más logros que los fracasos de sus adversarios.

Fernando Francés (Torrelavega, 1961), el todavía director de la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales y secretario de Innovación Cultural y Museos de la Junta de Andalucía, no es nada de eso: desconoce la discreción y se quiere lo suficiente como para no renunciar a sus defectos; no es prudente ni cobarde, más bien temerario e invasivo; sus formas llegan a ser toscas como las del corgi más joven de Buckingham; en vez de esperar su oportunidad, corre hacia las que se inventa; y muy probablemente no tenga ni muchos ni buenos amigos. La persona que ha conseguido que en Andalucía se hable de arte contemporáneo —lo cual no es decir demasiado—- es algo bastante peor que la mayoría de los peleles que habitan las instituciones públicas: Fernando Francés es un hombre de negocios (a quien parece ser que le gusta el arte). Es decir, alguien que habla con soltura el innoble lenguaje del capitalismo (del que todos con mayor o menor disimulo nos beneficiamos) y que no le basta con practicarlo en la intimidad, sino que, con el furor y sin el recato de un novillero viejo, lo airea allí donde va.

Pero ¿no es de «capitalismo» de lo que adolece el arte en Andalucía? ¿No es la falta de mercado la gran queja de quien quiere vivir del arte? ¿No es la escasez de demanda la que ahoga al artista que además de crear persigue vender lo que produce? ¿No es negocio lo que urge?

Reconocer esta debilidad mercantil afea sin duda la esencia del arte, y superarla con cierto decoro no es tarea fácil para quien persigue precisamente escapar de lo mundano. Hay quien la reconoce a la par que la evita, posibilidad reservada tradicionalmente a un grupo de acomodados, y a otro, más reducido, de artistas dispuestos a gastar todas sus vidas en la quimera de encontrar lo que buscan, sabedores de que ningún romántico murió con dinero en los bolsillos. Pero negarla sin más es esconder a un muerto debajo de una alfombra. ¿Cuánta más precariedad hace falta para descartar la beca, el concurso, la ayuda y otras mordazas para artistas siempre emergentes, como modelo de desarrollo de un sector, en Andalucía, tan productivo como pobre? Los artistas que quieran profesionalizarse —por necesidad, afán económico o antojo— necesitan consumidores. Así funciona el comercio. Sin embargo, las políticas culturales ejecutadas hasta la fecha sólo han dado palmadas, palmaditas, turistas y selfies.

Fernando Francés —«el cántabro» para los enemigos— era y es, a falta de alguien mejor, la pequeña posibilidad de dinamizar la estructura cultural andaluza desde una perspectiva de negocio, para favorecer la creación y el desarrollo de un nuevo mercado del arte integrado en el día a día de los ciudadanos como consumidores. Una fea tarea que, afortunadamente, no es incompatible con el fomento del arte atendiendo a otros criterios —históricos, sociales, técnicos o estéticos— más elevados, pero no tan urgentes como los relacionados con la propia subsistencia de los protagonistas vivos de la cultura que todos disfrutamos.

Sin embargo, hemos quemado a nuestro hombre, y hay que reconocer que sin su inestimable ayuda hubiese sido imposible: como si de un ejército de Fernandos Franceses se tratara, ha invadido cuantos espacios ha querido sin apenas resistencia; en demasiados ha entrado hasta la cocina, y ha acabado cocinando para quienes calcularon que el pan de hoy podría quitarles el hambre de mañana; después ha tratado de cambiar las cerraduras de sus conquistas para entrar y salir con pocas explicaciones; y aún no conforme, nuestro hombre ha dejado un amplio registro gráfico de sus hazañas y empresas, ocupando el epicentro de cada foto disparada en sus incontables batallas. Sin duda, su exposición ha sido de tal magnitud que ha eclipsado a todas las demás. Por su parte, los artistas —unos convencidísimos de cada sospecha, otros abducidos por la posibilidad, y todos desbordados por lo excepcional—, se han creído en la obligación de echar leña al fuego, posicionándose a favor —los menos escrupulosos— o en contra —los más aprensivos— de las flaquezas, virtudes y otras conjeturas de alguien que no deja de ser una pieza más —poco estética pero necesaria— dentro del sector. Ni «el culpable de todas las penas» de esa España aconfesional a la que tanto le gusta la moralina, ni el nuevo Mesías para quienes anhelan la tierra prometida. Tanto más pequeño cuanto más alta la mirada.

En suma, sugiero contextualizar, entender y aceptar el papel de cada actor implicado en la realidad del arte, en base a las circunstancias, recursos y necesidades del momento que vivimos. La coordinación, o al menos el respeto, entre todos los planos —más y menos bellos— es esencial para el completo desarrollo del sector. A los políticos les pido sólo que intenten no molestar. Ojalá el quemado Fernando Francés tenga una pronta recuperación; si está a tiempo de retirar su dimisión, que lo haga: marcharse no es más digno que resistir defendiendo una verdad (si se tiene). Y a los ARTISTAS —la única evidencia real de vida en la Tierra— os deseo lo mejor, es decir, que sin comprarlo os toque a todos un cupón.

París, 12 de agosto de 2019

PS. Este artículo no se complementó con la replica a Elena Vozmediano, la única persona que se ha atrevido a informar con seriedad y todo el rigor posible sobre las andanzas de Fernando Francés. Concretamente no respondo al artículo titulado «Aceleradores de incendios» —quizá el más personal y menos periodístico de su serie— para señalar la inconsistencia de fondo de la recopilación de argumentos que pretenden justificar el deseado cese de «el cántabro».

 


Referéndum por la adhesión de España a Catalunya ya

Porque todos tenemos el derecho a decidir, exigimos la convocatoria urgente de un referéndum de reforma constitucional en el Estado Español para la adhesión inmediata e irrevocable de todos nuestros territorios a Catalunya.

Porque el nombre es lo de menos y Catalunya somos todos.

Referéndum por la adhesión de España a Catalunya ya.

 


Título: Referéndum por la adhesión de España a Catalunya ya
Serie: –
Colección: Change.org
Año: 2016

Visibilidad:
· Change.org: Referéndum por la adhesión de España a Catalunya ya

Referencias:
· Referendum per l’adhesio d’Espanya a Catalunya ja!

Accidente en Occidente

Manuel Manolo - Accidente en Occidente - Introducción a La rebelión de las masas, a cargo de Julián Marías (2011) - ED210730

 


Introducción a «La rebelión de las masas» a cargo de Julián Marías (Valladolid, 1914 ~ Madrid, 2005), escrito en Bloominglon (Indiana) durante el mes de octubre de 1975:

La rebelión de las masas es el libro más famoso de Ortega, y aun de la lengua española en el siglo XX. Pero muy pronto rebasó los límites del español, y ha sido traducido a casi todas las lenguas importantes y a muchas que no lo son. En algunas de ellas se ha difundido en cientos de miles de ejemplares. Cuando apareció en inglés, el Atlantic Monthly escribió: “Lo que el Contrat social de Rousseau fue para el siglo XVIII y Das Kapital de Karl Marx para el XIX, debería ser La rebelión de las masas del señor Ortega para el siglo XX”. Este pequeño libro se ha convertido en uno de los grandes libros de nuestro tiempo. Se publicó por primera vez en 1930, hace ahora cuarenta y cinco años; a diferencia de los libros de moda, su vitalidad no ha hecho sino crecer. Envidiable destino el de este libro afortunado, casi increíble si se piensa que es un libro español.

Y sin embargo, hay que preguntarse en serio si su destino ha sido enteramente envidiable; porque un libro de pensamiento, de teoría, se escribe para ser entendido, y no es seguro que La rebelión de las masas se haya entendido bien. Los malentendidos surgieron pronto, se han acumulado con el tiempo, se han solidificado como un muro no enteramente transparente, acaso sólo traslúcido, que ha estorbado la lectura a las generaciones siguientes. Ha llamado excesivamente la atención sobre sí; quiero decir, la fama de este libro ha hecho que se lo tome aislado, separado del conjunto de la obra de Ortega, en la cual se encuentran sus raíces y su última justificación. En el caso de los lectores de muchas lenguas, este es el único libro de Ortega disponible, y no pueden recurrir al resto de su obra.

El título es ya fulgurante –y fue uno de los factores de su éxito inicial–; pero, como tantas veces en Ortega, es tan brillante que invita a contentarse con él, a no leer la obra, a creer que basta con el título para saber lo que el autor piensa. En 1937 y 1938 añadió Ortega a su libro un “Prólogo para franceses” y un “Epílogo para ingleses”, que evidentemente intentaban orientar a los lectores. Hacia 1950 andaba pensando en una segunda parte que se titularía Veinte años después.

Por esas fechas, cuando empecé a presentar este pensamiento a personas de otras lenguas, di algunas conferencias con el título: “El trasfondo filosófico de La rebelión de las masas”. Es claro que este libro trata de una cuestión muy precisa y limitada, y es sólo un capítulo de la sociología de Ortega; pero esta, a su vez, es su teoría de la vida colectiva, es decir, un capitulo de su teoría general de la vida humana o metafísica. Si se aísla el texto de su contexto, la intelección no puede ser plena. Pero ni siquiera los que han dispuesto de él han solido comprender bien este libro famoso. Quizá haya alguna otra razón suplementaria, que compense la claridad casi deslumbrante de este libro.

La rebelión de las masas se publicó en forma de libro en 1930, pero su contenido había sido anticipado en artículos y conferencias algunos años antes, como Ortega recuerda en una nota. En 1937, en el “Prólogo para franceses”, advierte los cambios que se han producido, sobre todo los que afectan a los primeros capítulos, y dice: “El lector debería, al leerlos, retrotraerse a los años 1926-1928”. Es decir, si mis cálculos generacionales son rectos, este libro pertenece a la zona de fechas 1916-1931. Una época intelectualmente espléndida, de la cual seguimos viviendo; de admirable porosidad, que dio fama instantánea a escritores de primera calidad –lo que es asombroso–: Proust, Kafka, Mann, Rilke, Scheler, Heidegger, Joyce, Wilder, Faulkner, Pirandello, Valéry, Unamuno, Ramón Gómez de la Serna… Esto hizo posible la resonancia inmediata de este libro español. Pero apenas se había secado la tinta de la imprenta, coincidiendo con las primeras traducciones, se produce hacia 1931 un cambio de generación. El libro nació en una, pero vivió desde la cuna en otra bien distinta: en una época de politización. Es decir, un tiempo en que todo –lo político y lo que no lo es– se toma políticamente, y como si fuera político, en que todo se reduce a esa “única cuestión” de averiguar si algo o alguien es de “derecha o de izquierda”. En España, la politización superficial había empezado ya, hacia 1929, en las luchas con la Dictadura de Primo de Rivera; la profunda no había comenzado aún, como muestra la forma pacífica del advenimiento de la República, la artificialidad de las primeras violencias menores, bien distintas de las que aparecen hacia 1933-34, que es cuando realmente se politiza la sociedad española (no tal o cual grupo minoritario). Es el tiempo en que los comunistas alemanes deshacen el Centro y, sobre todo, la socialdemocracia y dejan el camino abierto a los nacionalistas extremos y, sobre todo, a Hitler, que ocupará el poder a comienzos de 1933. Análogas explosiones de fanatismo y violencia ocurren en las demás sociedades europeas, donde el sentido nacional va cediendo frente a una nueva “lealtad”, la partidista, con lo cual la Guerra Mundial de 1939-45 se desdoblará en una serie de guerras civiles, manifiestas o larvadas, de “quislings” y “quintas columnas”, fenómeno desconocido en la primera guerra.

Esto hizo que La rebelión de las masas fuese entendida políticamente, es decir, no fuese bien entendida. En la primera página, Ortega advertía que convenía evitar dar a sus expresiones “un significado exclusiva o primariamente político”. Y agregaba “La vida pública no es sólo política sino a la par y aun antes, intelectual, moral, económica, religiosa; comprende los usos todos colectivos e incluye el modo de vestir y el modo de gozar”. En 1937 tiene que aclarar con mayor energía. “Ni este volumen ni yo somos políticos. El asunto de que aquí se habla es previo a la política y pertenece a su subsuelo.” Y, ya con malhumor: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil; ambas, en efecto, son formas de la hemiplejia moral.” Y todavía agregaba que, para aumentar la confusión, “hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías”.

¿Es que La rebelión de las masas no tiene que ver con la política? Claro que sí, y su significación política es mucho mayor hoy que la de casi todos los libros de política del último medio siglo; pero esto es así por haber tomado los problemas políticos en su raíz social, a un nivel más profundo que el de la política. Gran mayoría de los lectores de La rebelión han tenido una óptica políticamente condicionada, y en rigor no han leído más que lo que en este libro tiene una significación política directa; lo cual quiere decir que su lectura ha sido parcial, incompleta, insuficiente, y a última hora políticamente insuficiente.

El pensamiento de Ortega es sistemático, aunque sus escritos no suelan serlo; los he comparado a icebergs, de los cuales emerge la décima parte, de manera que sólo se puede ver su realidad íntegra buceando. Es cierto que Ortega da suficientes indicaciones para que esta operación pueda ser realizada, pero hay que realizarla, es decir, no se puede leer a Ortega pasivamente y sin esfuerzo, sin cooperación. Su método fue “la involución del libro hacia el diálogo”; tenía presente al lector, pero esto obliga a leer en actitud activa y dialogante. Han pasado tres generaciones justas desde que Ortega publicó su libro; estamos, homólogamente, al final de un período generacional, exactamente como en 1930; si no me engaño, en 1976 se iniciará una nueva “zona de fechas” y con ella otra variedad humana, por lo menos occidental –y claro es que esta condicionará el mundo en su conjunto–. Quisiera llamar la atención sobre el propósito y el contenido de este libro, y preguntarme qué ha pasado con él tres generaciones más tarde, cuando son hombres maduros, lindantes con la vejez, los que fueron juveniles lectores de La rebelión de las masas

La última página de este libro enuncia una cuestión más importante aún que el tema central: “¿qué insuficiencias radicales padece la cultura europea moderna?”. Y Ortega concluye: “Mas esa gran cuestión tiene que permanecer fuera de estas páginas, porque es excesiva. Obligaría a desarrollar con plenitud la doctrina sobre la vida humana que, como un contrapunto, queda entrelazada, insinuada, musitada, en ellas. Tal vez pronto pueda ser gritada.”

No se me escapó la frase que he subrayado, cuando leí por primera vez este libro, un par de años después de su publicación. Ortega renunciaba a desarrollar esa doctrina “con plenitud”, pero advertía que allí estaba presente; conociéndolo, podía asegurarse que estaba lo bastante presente. Vamos a verlo.

Compara Ortega una modesta actividad humana, comprar, en el siglo XVIII y en el XX; la analiza en su detalle, observa que la actividad de comprar concluye en decidirse por un objeto, es una elección, y esta empieza por darse cuenta de las posibilidades que ofrece el mercado. Y a continuación nos da este párrafo de estricta filosofía original:

“Cuando se habla de nuestra vida, suele olvidarse esto, que me parece esencialísimo: nuestra vida es en todo instante, y antes que nada, conciencia de lo que nos es posible. Si en cada momento no tuviéramos delante más que una sola posibilidad, carecería de sentido llamarla así. Sería más bien pura necesidad. Pero ahí está: este extrañísimo hecho de nuestra vida posee la condición radical de que siempre encuentra ante sí varias salidas, que por ser varias adquieren el carácter de posibilidades entre las que hemos de decidir. (En nota: En el peor caso, y cuando el mundo pareciera reducido a una única salida, siempre habría dos: ésa y salirse del mundo. Pero la salida del mundo forma parte de éste, como de una habitación la puerta.) Tanto vale decir que vivimos como decir que nos encontramos en un ambiente de posibilidades determinadas. A este ámbito suele llamarse “las circunstancias”. Toda vida es hallarse dentro de la “circunstancia” o mundo. Porque este es el sentido originario de la idea “mundo”. Mundo es el repertorio de nuestras posibilidades vitales. No es, pues, algo aparte y ajeno a nuestra vida, sino que es su auténtica periferia. Representa lo que podemos ser; por lo tanto, nuestra potencialidad vital. Esta tiene que concretarse para realizarse, o, dicho de otra manera, llegamos a ser sólo una parte mínima de lo que podemos ser. De ahí que nos parezca el mundo una cosa tan enorme, y nosotros, dentro de él, una cosa tan menuda. El mundo o nuestra vida posible es siempre más que nuestro destino o vida efectiva.”

Y después de mostrar desde ahí, desde esa doctrina, el cambio reciente, concluye introduciendo un tema que parece de hoy, pero que está ya en 1930: “No quiero decir con lo dicho que la vida humana sea hoy mejor que en otros tiempos. No he hablado de la cualidad de la vida presente, sino sólo de su crecimiento, de su avance cuantitativo o potencial.” Y la doctrina filosófica continúa:

“La vida, que es, ante todo, lo que podemos ser, vida posible, es también, y por lo mismo, decidir entre las posibilidades lo que en efecto vamos a ser. Circunstancia y decisión son los dos elementos radicales de que se compone la vida. La circunstancia –las posibilidades– es lo que de nuestra vida nos es dado e impuesto. Ello constituye lo que llamamos el mundo. La vida no elige su mundo, sino que vivir es encontrarse desde luego en un mundo determinado e incanjeable: éste de ahora. Nuestro mundo es la dimensión de fatalidad que integra nuestra vida. Pero esta fatalidad no se parece a la mecánica. No somos disparados sobre la existencia como la bala de un fusil, cuya trayectoria está absolutamente predeterminada. La fatalidad en que caemos al caer en este mundo –el mundo es siempre éste, éste de ahora– consiste en todo lo contrario. En vez de imponernos una trayectoria, nos impone varias y, consecuentemente, nos fuerza… a elegir. ¡Sorprendente condición la de nuestra vida! Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo. Ni un solo instante se deja descansar a nuestra actividad de decisión. Inclusive cuando desesperados nos abandonamos a lo que quiera venir, hemos decidido no decidir.”

“Es, pues, falso decir que en la vida ‘deciden las circunstancias’. Al contrario: las circunstancias son el dilema, siempre nuevo, ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el que decide es nuestro carácter”.

“Todo esto vale también para la vida colectiva. También en ella hay, primero, un horizonte de posibilidades, y luego, una resolución que elige y decide el modo efectivo de la existencia colectiva. Esta resolución emana del carácter que la sociedad tenga, o, lo que es lo mismo, del tipo de hombre dominante en ella”.

“Por lo pronto somos aquello que nuestro mundo nos invita a ser, y las facciones fundamentales de nuestra alma son impresas en ella por el perfil del contorno como por un molde. Naturalmente, vivir no es más que tratar con el mundo. El cariz general que él nos presente será el cariz general de nuestra vida”.

“No es cosa –dice Ortega– de lastrar este ensayo con toda una metafísica de la historia. Pero claro es que lo voy construyendo sobre el cimiento subterráneo de mis convicciones filosóficas expuestas o aludidas en otros lugares. No creo en la absoluta determinación de la historia. Al contrario, pienso que toda vida y, por lo tanto, la histórica, se compone de puros instantes, cada uno de los cuales está relativamente indeterminado respecto al anterior, de suerte que en él la realidad vacila, piétine sur place, y no sabe bien si decidirse por una u otra entre varias posibilidades. Este titubeo metafísico proporciona a todo lo vital esa inconfundible cualidad de vibración y estremecimiento.” “Todo, todo es posible en la historia, lo mismo el progreso triunfal e indefinido que la periódica regresión. Porque la vida, individual o colectiva, personal o histórica, es la única entidad del universo cuya sustancia es peligro. Se compone de peripecias. Es, rigurosamente hablando, drama”.

¿No empieza a ser sorprendente cuánta doctrina filosófica rigurosa está expresa en La rebelión de las masas? ¿No empieza el lector a sentirse asombrado de que entre los innúmeros comentarios que tal libro ha suscitado apenas alguno lo haya puesto con conexión con estas ideas que son su efectivo origen? ¿No se siente una alarma al pensar si se habrá podido entender? Pues bien, Ortega escribe, a continuación de las palabras que acabo de copiar, la siguiente nota: “Ni que decir tiene que casi nadie tomará en serio estas expresiones, y los mejor intencionados las entenderán como simples metáforas, tal vez conmovedoras. Sólo algún lector lo bastante ingenuo para no creer que sabe ya definitivamente lo que es la vida, o por lo menos lo que no es, se dejará ganar por el sentido primario de estas frases y será precisamente el que –verdaderas o falsas– las entienda. Entre los demás reinará la más efusiva unanimidad, con esta única diferencia: los unos pensarán que, hablando en serio, vida es el proceso existencial de un alma, y los otros, que es una sucesión de reacciones químicas. No creo que mejore mi situación ante lectores tan herméticos resumir toda una manera de pensar diciendo que el sentido primario y radical de la palabra vida aparece cuando se la emplea en el sentido de biografía, y no en el de biología. Por la fortísima razón de que toda biología es, en definitiva, sólo un capítulo de ciertas biografías, es lo que en su vida (biografiable) hacen los biólogos. Otra cosa es abstracción, fantasía y mito.” Y de esta estructura biográfica o biografiable de la vida humana se desprende una consecuencia decisiva: “Es el porvenir quien debe imperar sobre el pretérito, y de él recibimos la orden para nuestra conducta frente a cuanto fue”.

Ese carácter programático y dramático del hombre, ese “titubeo metafísico” –espléndida expresión que no sé si Ortega usó otras veces– frente a la circunstancia, lleva a los temas del esfuerzo y la autenticidad “Toda vida es la lucha, el esfuerzo por ser sí misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son precisamente lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades. Si mi cuerpo no me pesase, yo no podría andar. Si la atmósfera no me oprimiese, sentiría mi cuerpo como una cosa vaga, fofa, fantasmática.” “No es que no se deba hacer lo que le dé a uno la gana; es que no se puede hacer sino lo que cada cual tiene que hacer, tiene que ser. Lo único que cabe es negarse a hacer eso que hay que hacer; pero esto no nos deja en franquía para hacer otra cosa que nos dé la gana. En este punto poseemos sólo una libertad negativa de albedrío –la voluntad–. Podemos perfectamente desertar de nuestro destino más auténtico; pero es para caer prisioneros en los pisos inferiores de nuestro destino.”

Ortega introduce un concepto que merecería retenerse y ponerse al lado de la distinción leibniziana entre las vérites de raison y las vérités de fait: la verdad de destino. Y aclara: “Las verdades teóricas no sólo son discutibles, sino que todo su sentido y fuerza están en ser discutidas; nacen de la discusión, viven en tanto se discuten y están hechas exclusivamente para la discusión. Pero el destino –lo que vitalmente se tiene que ser o no se tiene que ser– no se discute, sino que se acepta o no. Si lo aceptamos, somos auténticos; si no lo aceptamos, somos la negación, la falsificación de nosotros mismos. El destino no consiste en aquello que tenemos gana de hacer; más bien se reconoce y muestra su claro, rigoroso perfil en la conciencia de tener que hacer lo que no tenemos ganas.” Y todavía, por si no estuviera claro, en nota: “Envilecimiento, encanallamiento, no es otra cosa que el modo de vida que le queda al que se ha negado a ser el que tiene que ser. Este su auténtico ser no muere por eso, sino que se convierte en sombra acusadora, en fantasma, que le hace sentir constantemente la inferioridad de la existencia que lleva respecto a la que tenía que llevar. El envilecido es el suicida superviviente”.

La consecuencia es la farsa, el desarraigo en el sentido más literal. “Vidas sin peso y sin raíz” –dice Ortega en 1930, no se olvide la fecha– déracinées de su destino, que se dejan arrastrar por la más ligera corriente. “Es la época de las ‘corrientes’ –añade– y del ‘dejarse arrastrar’.” Y esto no es una “ocurrencia”, algo dicho de pasada, sino el núcleo de la idea orteguiana de la vida. Por eso dice poco más adelante: “El día que vuelva a imperar en Europa una auténtica filosofía –única cosa que puede salvarla– se volverá a caer en la cuenta de que el hombre es, tenga de ello ganas o no, un ser constitutivamente forzado a buscar una instancia superior.” Pero la memoria –y sobre todo la memoria española– es tan flaca, que a veces se esgrimen contra Ortega, al cabo de unos años, sus propias ideas. Las cuales tienen, y en el mismo texto, un desarrollo explícito y expreso:

“La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o trivial. Se trata de una condición extraña, pero inexorable, escrita en nuestra existencia. Por un lado, vivir es algo que cada cual hace por sí y para sí. Por otro lado, si esa vida mía, que sólo a mí me importa, no es entregada por mí a algo, caminará desvencijada, sin tensión y sin ‘forma’. Estos años asistimos al gigantesco espectáculo de innumerables vidas humanas que marchan perdidas en el laberinto de sí mismas por no tener a qué entregarse. Todos los imperativos, todas las órdenes, han quedado en suspenso. Parece que la situación debía ser ideal, pues cada vida queda en absoluta franquía para hacer lo que le venga en gana, para vacar a sí misma. Lo mismo cada pueblo. Europa ha aflojado su presión sobre el mundo. Pero el resultado ha sido contrario a lo que podía esperarse. Librada a sí misma, cada vida se queda en sí misma, vacía, sin tener qué hacer. Y como ha de llenarse con algo, se finge frívolamente a sí misma, se dedica a falsas ocupaciones, que nada íntimo, sincero, impone. Hoy es una cosa; mañana, otra, opuesta a la primera. Está perdida al encontrarse sola consigo. El egoísmo es laberíntico. Se comprende. Vivir es ir disparado hacia algo, es caminar hacia una meta. La meta no es mi caminar, no es mi vida; es algo a que pongo ésta y que por lo mismo está fuera de ella, más allá. Si me resuelvo a andar sólo por dentro de mi vida, egoístamente, no avanzo, no voy a ninguna parte; doy vueltas y revueltas en un mismo lugar. Esto es el laberinto, un camino que no lleva a nada, que se pierde en sí mismo, de puro no ser más que caminar por dentro de sí”.

Esta doctrina se completa con los pasos rigurosamente exigidos para que el lector pueda orientarse y saber a qué atenerse. Es decir, hay un método. “La imaginación –escribe Ortega–es el poder liberador que el hombre tiene”. “Lo esencialmente confuso, intrincado, es la realidad vital concreta, que es siempre única.” “Porque la vida es por lo pronto un caos donde uno está perdido. El hombre lo sospecha; pero le aterra encontrarse cara a cara con esa terrible realidad y procura ocultarla con un telón fantasmagórico, donde todo está muy claro. Le trae sin cuidado que sus ‘ideas’ no sean verdaderas; las emplea como trincheras para defenderse de su vida, como aspavientos para ahuyentar la realidad. El hombre de cabeza clara es el que se liberta de esas ‘ideas’ fantasmagóricas y mira de frente a la vida, y se hace cargo de que todo en ella es problemático, y se siente perdido. Como esto es la pura verdad –a saber, que vivir es sentirse perdido–, el que lo acepta ya ha empezado a en-contrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme. Instintivamente, lo mismo que el náufrago, buscará algo a que agarrarse, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz, porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida. Estas son las únicas ideas verdaderas: las ideas de los náufragos. Lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido se pierde inexorablemente; es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad.”

Esta teoría de la vida humana culmina en la conexión entre el hacer dramático, que no es mera actividad, y el futuro. “Quiérase o no –dice Ortega–, la vida humana es constante ocupación con algo futuro. Desde el instante actual nos ocupamos del que sobreviene. Por eso vivir es siempre, siempre, sin pausa ni descanso, hacer. ¿Por qué no se ha reparado en que hacer, todo hacer, significa realizar un futuro? Inclusive cuando nos entregamos a recordar. Hacemos memoria en este segundo para lograr algo en el inmediato, aunque no sea más que el placer de revivir el pasado. Este modesto placer solitario se nos presentó hace un momento como un futuro deseable; por eso lo hacemos. Conste, pues; nada tiene sentido para el hombre sino en función del porvenir.” Y aún subraya en una nota: “Según esto, el ser humano tiene irremediablemente una constitución futurista; vive ante todo en el futuro y del futuro.” ¿Será posible? Si se presentase esta serie de textos juntos a los innumerables lectores de La rebelión de las masas, ¿cuantos entre ellos sabrían que proceden de este libro? ¿Cuántos se han enterado de ellos, han leído la doctrina sociológica y política como algo que emerge de la visión filosófica que en estas páginas se encierra y que es su justificación? No se tenga la menor duda: el que no tiene presente la doctrina que acabo de reunir y recordar no ha leído La rebelión de las masas. Esta introducción quisiera ser una invitación a su lectura íntegra y en serio.

El que Ortega parta de una doctrina filosófica no es azaroso ni secundario. La única cosa que puede salvar a Europa, ha dicho, es que vuelva a imperar en ella una auténtica filosofía. La única, repárese bien en ello –y calcúlese en qué trance ha de estar ahora, en 1975–. Sólo un saber radical puede superar los problemas radicales –de radical desorientación– que afectan a la vida humana, individual y colectiva. Pero la filosofía tiene una singular independencia, una extraña “falta de necesidades”.

“La filosofía no necesita ni protección, ni atención, ni simpatía de la masa. Cuida su aspecto de perfecta inutilidad, y con ello se liberta de toda supeditación al hombre medio. Se sabe a sí misma, por esencia, problemática, y abraza alegre su libre destino de pájaro del Buen Dios, sin pedir a nadie que cuente con ella, ni recomendarse, ni defenderse. Si a alguien, buenamente, le aprovecha para algo, se regocija por simple simpatía humana; pero no vive de ese provecho ajeno, ni lo premedita, ni lo espera. ¿Cómo va a pretender que nadie la tome en serio, si ella comienza por dudar de su propia existencia, si no vive más, que en la medida en que se combata a sí misma, en que se desviva a sí misma?”

Y, subrayando esa independencia, continúa: “Para que la filosofía impere no es menester que los filósofos imperen –como Platón quiso primero–, ni siquiera que los emperadores filosofen –como quiso, más modestamente, después–. Ambas cosas son, en rigor, funestísimas. Para que la filosofía impere, basta con que la haya; es decir, con que los filósofos sean filósofos. Desde hace casi una centuria los filósofos son todo menos eso, son políticos, son pedagogos, son literatos o son hombres de ciencia”.

Esto lleva a Ortega a formular, aunque brevemente y casi de pasada, una teoría del conocimiento, del concepto, de la razón, en suma, que “hubiera irritado a un griego”.

“Porque el griego creyó haber descubierto en la razón, en el concepto, la realidad misma.

Nosotros, en cambio, creemos que la razón, el concepto, es un instrumento doméstico del hombre, que éste necesita y usa para aclarar su propia situación en medio de la infinita y archiproblemática realidad que es su vida. Vida es lucha con las cosas para sostenerse entre ellas. Los conceptos son el plan estratégico que nos formamos para responder a su ataque. Por eso, si se escruta bien la entraña última de cualquier concepto, se halla que no nos dice nada de la cosa misma, sino que resume lo que un hombre puede hacer con esa cosa o padecer de ella. Esta opinión taxativa, según la cual el contenido de todo concepto es siempre vital, es siempre acción posible, o padecimiento posible de un hombre, no ha sido hasta ahora, que yo sepa, sustentada por nadie; pero es, a mi juicio, el término indefectible del proceso filosófico que se inicia con Kant. Por eso, si revisamos a su luz todo el pasado de la filosofía hasta Kant, nos parecerá que en el fondo todos los filósofos han dicho lo mismo. Ahora bien: todo el descubrimiento filosófico no es más que un descubrimiento y un traer a la superficie lo que estaba en el fondo”.

Esta es la teoría de la razón vital, descubierta por Ortega en 1914, lentamente desarrollada y puesta en práctica a lo largo de toda su obra, formulada inequívocamente en La rebelión de las masas, con clara conciencia de que no ha sido sustentada por nadie. Y todavía cuarenta y cinco años después puede decirse que no ha sido pensada por nadie que no sea del linaje filosófico de Ortega. Estas ideas, y sólo ellas, hacen posible este tan famoso libro.

Cuando se relee ahora La rebelión de las masas, no se comprende que se escribiera hace cuarenta y cinco años; parece que describe y analiza la situación del mundo de hoy –o acaso de mañana–. El primer capítulo se titula “El hecho de las aglomeraciones”. Todo está lleno. El lector se pregunta: ¿en 1930? ¿No es ahora cuando lo está? “Vivimos en sazón de nivelaciones –escribe Ortega–: se nivelan las fortunas, se nivela la cultura entre las distintas clases sociales, se nivelan los sexos”; y agrega: “También se nivelan los continentes.” Hoy miramos a aquellos años como la época en que no pasaban esas cosas, por oposición a la nuestra; Ortega vio ya que estaban pasando. Por otra parte, advertía: “Europa no se ha americanizado. No ha recibido aún influjo grande de América. Lo uno y lo otro, si acaso, se inician ahora mismo”.

El hecho característico, el más importante de la vida europea, es “el advenimiento de las masas al pleno poderío social”. “Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas. No se entienda, pues, por masas sólo ni principalmente ‘las masas obreras’. Masa es ‘el hombre medio’”. No se trata, pues, de clases sociales, ni siquiera de grupos sociales permanentes; se trata de funciones. Quiero decir que todos los hombres pertenecen, en principio, a la masa, en cuanto no están especialmente cualificados, y sólo emergen de ella para ejercer una función minoritaria cuando tienen tal o cual competencia o cualificación pertinente, después de lo cual se reintegran a la masa. Precisamente uno de los temas capitales de este libro es el de la “barbarie del especialismo”, aquella en virtud de la cual el hombre cualificado en un campo particular se comporta fuera de él como si tuviera competencia y autoridad, y no como uno de tantos, necesitado de seguir las orientaciones de los real-mente cualificados. Con lo cual queda dicho que una cosa es la masa –ingrediente capital de toda sociedad– y otra el hombre-masa –que puede no existir, porque es una enfermedad o dolencia que a veces sobreviene a las sociedades.

El hombre selecto o de la minoría no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más. No se trata de clases sociales, sino de clases de hombres. Se ha producido un enorme crecimiento de la vida: las masas ejercen muchos repertorios vitales que antes pare-cían reservados a las minorías; las posibilidades se han ampliado fabulosamente. Pero esto ha introducido la improvisación: se han lanzado al escenario histórico oleadas de hombres a los que no se ha podido saturar de la cultura tradicional. “De puro mostrarse abiertos mundo y vida al hombre mediocre, se le ha cerrado a este el alma”. La rebelión de las masas consiste en la obliteración de las almas medias; ese es el hombremasa, que no es tonto, sino al contrario, que tiene “ideas” taxativas sobre todo, pero ha perdido el sentido de la audición. Por eso se produce la barbarie en el sentido literal del término: ausencia de normas y de posible apelación. Ortega recuerda la aparición, con el sindicalismo y el fascismo, de un tipo de hombre que no quiere dar razones ni quiere tener razón.

La consecuencia de esto es la violencia –que parece “el tema de nuestro tiempo”, del nuestro de ahora–. Adelantaré que aquí hay un grave error en La rebelión de las masas, quizá el error de este libro. En un lugar de él, Ortega dice de la violencia: “Hoy ha llegado a su máximo desarrollo, y esto es un buen síntoma, porque significa que automáticamente va a iniciarse su descenso” ¿Cómo pudo escribir esto, precisamente cuando la violencia estaba empezando, un poco antes del triunfo de Hitler y de las matanzas de Alemania en 1934 y de la revolución de Asturias y de las purgas de Moscú y de la guerra civil española y de la Guerra Mundial, con los campos de concentración y los bombardeos arrasadores y la eliminación de millones de judíos y de los que no lo eran? Tenemos una impresión parecida a la que nos producen los ataques de Unamuno o del propio Ortega a la dictadura de Primo de Rivera, que hoy nos parece tan moderada, apacible, casi inocente. Estaban tan “mal acostumbrados” por una etapa de insólita civilización, que creían pronto haber llegado al máximo. El hombre de nuestro tiempo sabe que siempre puede venir algo peor, mucho peor. ¿Lo sabe? A veces juega con la realidad como si no lo supiera o no quisiera saberlo.

La verdad es que Ortega, hasta cuando se equivoca, suele ver algunas cosas importantes. Y a continuación del gran error que acabo de copiar añade: “Pero aun cuando no sea imposible que haya comenzado a menguar el prestigio de la violencia como norma cínicamente establecida, continuaremos bajo su régimen: bien que en otra forma.” Y esa forma es la que procede del Estado. (“El mayor peligro, el Estado”, se titula uno de los capítulos.

Pero ¿qué es la violencia? Ortega recuerda que el hombre ha recurrido perpetuamente a ella; unas veces era simplemente un crimen, y no interesa; otras, el medio a que recurría el que había agotado todos los demás para defender la razón y la justicia que creía tener; y entonces era “el mayor homenaje a la razón y la justicia”. Y llama a esta violencia la razón exasperada. Es decir, literalmente, la ultima ratio. “La civilización no es otra cosa que el ensayo de reducir la fuerza a ultima ratio”. Pero ahora, añade, la acción directa subvierte el orden y hace de la violencia la prima ratio, la únicarazón. “Es la Carta Magna de la barbarie.” En eso estamos hoy, mucho más que en 1930: entre los que lo fían todo a la violencia y los que utópicamente creen que puede eliminarse la violencia, que no hay derecho a usarla, especialmente contra los violentos.

Cuando Ortega muestra que el fabuloso crecimiento del mundo contemporáneo ha sido posible por la alianza de la técnica científica y la democracia liberal, recuerda que el liberalismo es “la suprema generosidad, el derecho que la mayoría otorga a la minoría”, “el más noble grito que ha sonado en el planeta”. Bolchevismo y fascismo, en cambio, son “dos claros ejemplos de regresión sustancial”, no porque no contengan alguna verdad parcial, sino “por la manera anti-histórica, anacrónica, con que tratan su parte de razón”. “Movimientos típicos de hombres-masas.” “Uno y otro –bolchevismo y fascismo– son dos seudoalboradas; no traen la mañana de mañana, sino la de un arcaico día, ya usado una y mil veces; son primitivismo.” “Necesitamos de la historia íntegra para ver si logramos escapar de ella, no recaer en ella.” Esta frase, leída en 1975, es particularmente escalofriante, porque se está realizando algo muy poco truculento, pero aterrador: la extirpación de su historia al hombre occidental –al hombre que verdaderamente la tiene y por eso no se ha detenido nunca y no ha habido nadie que lo pare.

No quiero “exponer” La rebelión de las masas: ¿para qué, si ahí está el libro? Sólo trato de orientar al lector para que no lo lea olvidándolo al mismo tiempo, tapando con un dedo imaginario las justificaciones o las conexiones esenciales. Hay que recordar cómo distingue Rusia de su aparente marxismo –“Rusia es marxista aproximadamente como eran romanos los tudescos del Sacro Imperio Romano”–, cómo advierte que, a pesar de la poca atracción del comunismo sobre los europeos, que siempre han puesto sus fervores a la carta de la individualidad, que no ven en la organización comunista un aumento de la felicidad humana, es posible que se derrame sobre Europa el comunismo arrollador y victorioso, por su carácter de magnífica empresa; es una “moral” extravagante, pero puede imponerse si no se le enfrenta “una nueva moral de Occidente, la incitación de un nuevo programa de vida”.

Europa se ha quedado sin moral; hay una crisis de las normas –de todas las normas–; las naciones son insuficientes, se han quedado pequeñas, hay que integrarlas en una Europa unida, en los Estados Unidos de Europa. Esto decía Ortega en 1930, y Europa prefirió destruirse nueve años después (y ahora intenta hacer esa unión europea con una bandera exclusivamente económica, que a nadie entusiasma, y tardíamente, cuando Europa ya no es suficiente, cuando no es más que uno de los dos ló-bulos inseparables de Occidente).

Ortega dedicó las porciones más vivaces de La rebelión de las masas a analizar lo que es una nación: su origen, sus supuestos, su proceso de desarrollo, su saturación, su crisis. La formación de las unidades nacionales le sirvió de modelo para comprender lo que podría ser homólogamente el “paso a otro género”: a la super-nación Europa, no una nación más grande. La clave del pensamiento de Ortega es que “lo que en una cierta fecha parecía constituir la nacionalidad aparece negado en una fecha posterior”. León, pero no Castilla; León y Castilla, pero no Aragón; y así sucesivamente: “Es evidente la presencia de dos principios: uno, variable y siempre superado –tribu, comarca, ducado, “reino”, con su idioma o dialecto–; otro, permanente, que salta libérrimo sobre todos esos limites y postula como unidad lo que aquél consideraba precisamente como radical contraposición.” Esta es la lúcida interpretación del principio de incorporación, de constitución de unidades sociales superiores.

Y, por supuesto, Ortega anticipa en dos decenios teorías que, no sin alguna comicidad, se han presentado como su corrección o rectificación. Así, cuando escribe ¡en 1930!: “Los filólogos –llamo así a los que hoy pretenden denominarse “historiadores”– practican la más deliciosa gedeonada cuando parten de lo que ahora, en esta fecha fugaz, en estos dos o tres siglos, son las naciones de Occidente, y suponen que Vercigetórix o que el Cid Campeador querían ya una Francia desde Saint-Malo a Es-trasburgo –precisamente– o una Spania desde Finisterre a Gibraltar. Estos filólogos –como el ingenuo dramaturgo– hacen casi siempre que sus héroes partan para la guerra de los Treinta Años. Para explicarnos cómo se han formado Francia y España, suponen que Francia y España preexistían como unidades en el fondo de las almas francesas y españolas. ¡Como si existiesen franceses y españoles originariamente antes de que Francia y España existiesen! ¡Como si el francés y el español no fuesen, simplemente, cosas que hubo que forjar en dos mil años de faena!”

Las naciones no se han formado por comunidad de sangre, ni por las “fronteras naturales”, ni por la unidad lingüística. Es más bien el Estado nacional el que nivela las diferencias étnicas y lingüísticas. El principio nacional –a diferencia de otros tipos de comunidad humana– es este: “En Inglaterra, en Francia, en España, nadie ha sido nunca sólo súbdito del Estado, sino que ha sido siempre participante de él, uno con él.” “Nación significa la ‘unión hipostática’ del Poder público y la colectividad por él regida.” Por eso la nación como tal es inconciliable con la existencia de ciudadanos y no-ciudadanos, por ejemplo con la esclavitud. El Estado nacional es en su raíz misma democrático, por debajo de todas las diferencias de formas de gobierno; consiste en un proyecto de empresa común, su realidad es dinámica, consiste en hacer, en actuación.

España no era una nación en el siglo XI, pero esto no quiere decir tampoco que no fuera “nada”; Spania era una idea fecunda que había quedado desde el Imperio Romano, pero no una idea nacional, como no lo había sido la Hélade para los griegos del siglo IV. Y concluye: “Hélade fue para los griegos del siglo IV, y Spania para los ‘españoles’ del XI y aun del XIV, lo que Europa fue para los ‘europeos’ en el siglo XIX.” Pero estamos en el XX; y así como se llegó al siglo XV, “ahora llega para los europeos la sazón en que Europa puede convertirse en idea nacional.” Estas ideas son las que Ortega desarrolla, angustiado, en el “Prólogo para franceses” y el “Epílogo para ingleses”, cuando ve que Europa se va a destruir, se va a ir de entre las manos, por cerrazón mental y falta de imaginación. Pero hay que decir que ese prólogo y ese epílogo todavía no han sido entendidos por sus destinatarios. Y así van las cosas.

Apenas podría encontrarse una página en La rebelión de las masas que no tenga actualidad; más aún: que no tenga porvenir, que no sea anticipadora. En conjunto, este libro es mucho más verdadero que hace cuarenta y cinco años; se ha ido haciendo verdadero, es decir, verificando. La crisis de las normas, la creencia de que ya no hay mandamientos –de ninguna clase–, de que hay sólo derechos y ninguna obligación, la sustantivación de la “juventud” como tal, hasta hacer de ella un chantaje, todo eso está filiado con singular precisión hace cuarenta y cinco años, mostrado como una ingente falsedad, como una suplantación de la realidad, que amenaza anular una época espléndida.

Porque Ortega pensaba que la nuestra lo es. El “niño mimado”, el “señorito satisfecho” comprometen algo maravilloso, que no han creado y que ni siquiera saben comprender y estimar. Durante unos años, desde que el mundo se puso difícil, cuando la vida se convirtió en algo adverso, penoso, que reclamaba esfuerzo y entusiasmo, el “hombre-masa” se batió en retirada. Desde que comenzó la guerra civil española, sobre todo desde que se desencadenó la Guerra Mundial, en los años duros de la reconstrucción, no había en Occidente niños mimados, porque nadie podía mimarlos. Por eso ha habido un par de decenios admirables, entre 1945 y 1965, poco más o menos. Pero la nueva facilidad, la abundancia, la increíble prosperidad conseguida por los principios democráticos y la ciencia occidental, en Europa, en América y en aquellas porciones del mundo que han adoptado esos principios, ha aflojado los resortes, y una nueva ola de “señoritismo” se ha derramado sobre el planeta. Y con ella, una reactualización de La rebelión de las masas, una nueva promoción de hombres-masa, de “bárbaros especialistas”, de hombres que porque dominan una parcela del saber hablan con petulancia y autoridad de todo lo que desconocen.

La pleamar ha llegado a los más altos acantilados: a los que han profesado las humanidades, a los que se han seguido llamando filósofos. Y hoy la situación social de la filosofía es más baja que en toda la Edad Moderna, más que hace un siglo –época que gusta de imitar–. Esto me parece excelente, porque dentro de poco no va a haber ninguna razón accesoria o superficial para dedicarse a la filosofía, y se volverá a ejercitar por aquellos que no tengan remedio, que no puedan vivir más que haciéndola.

Quizá entonces vuelva a imponer su sutil imperio la filosofía –quizá obligue al íntimo asentimiento a la verdad–, y Europa, mejor dicho Accidente, pueda tomar posesión de su propia realidad.

Por eso he intentado ayudar a que La rebelión de las masas empiece a leerse como lo que es: un libro de filosofía.